MEMORIA Y ESTRES

Básicamente, dos han sido las variables moderadoras estudiadas en la relación estrés – memoria: la duración de la situación de estrés y la intensidad de éste.

En general, los agentes estresantes suaves y moderados, y los de corta duración realzan la memoria, sobre todo el recuerdo relativo a los elementos emocionales – pero no los estímulos neutros – a través de la activación del sistema simpático.  Éste, directamente, activa el hipocampo, estructura involucrada en la memoria, e induce un estado de alerta que facilita la consolidación de recuerdos. Indirectamente, moviliza glucosa en el riego sanguíneo y aumenta la fuerza de la sangre hacia el cerebro con la finalidad de satisfacer las enormes necesidades energéticas del cerebro en situaciones de estrés (Cahill, Prins, Weber y McGaugh, 1994). Además, los aspectos relevantes y directamente asociados a los eventos estresantes se retienen mejor a lo largo del tiempo que los aspectos circundantes.  Por ejemplo, los aspectos específicos de un evento estresante, como armas, acciones de agresores, etc., son recordados mejor que aspectos circunstanciales como la hora o la fecha (Christianson,1992).

En relación a la intensidad del evento estresante, haremos referencia a un caso especial de respuesta de estrés: el estrés postraumático, entendido como la reacción patológica a eventos enormemente estresantes y traumáticos. Según el DSM IV, el estrés post traumático implica la aparición de síntomas intrusivos, conducta de evitación, la experiencia traumática revivida y síntomas de activación fisiológica.

Una de las características más llamativa del estrés postraumático es su influencia sobre el recuerdo del evento traumático que se manifiesta de una forma particular: existe un efecto de amnesia retrógrada, es decir, un efecto perjudicial de un suceso estresante sobre la información inmediatamente precedente cuando el suceso es intenso (Loftus y Burns, 1982); y de amnesia anterógrada, es decir, de deterioro del recuerdo de la información posterior al incidente crítico (Kramer, Buckhout, Fox, Widman y Tusche, 1991). En cambio, facilita el recuerdo de los elementos directamente relacionados con la propia información estresante (v.g. Cutler, Penrod y Martens, 1987).

En este sentido, los recuerdos autobiográficos de contenido emocional significativo no sólo se recuperan como conocimiento abstractos, sino también como recuerdos concretos que evocan percepciones sensoriales implicadas en el hecho recordado (Tulving, 2001). Cuando la situación es de alto contenido emocional, por ejemplo los sucesos traumáticos, el recuerdo del evento no se almacena hilvanado en sus componentes, sino como fragmentos aislados desgarrados del contexto.  Entonces, la plasticidad neuronal del hipocampo parece superada.  En estos casos, la memoria sólo almacena el recuerdo escénico, las emociones implicadas y las reacciones fisiológicas, pero no el contexto temporoespacial en el que tuvieron lugar. De esta manera, parece que cuando el evento estresante supera cierta capacidad del sujeto para procesar la información del entorno, la memoria se resiente y se desorganiza su almacenamiento (Ehlers y Clark, 2000).

En cuanto a la duración de la situación de estrés, el estrés prolongado altera la memoria, tanto la memoria a largo plazo como la memoria operativa.  En relación a la primera, el estrés altera la potenciación a largo plazo en el hipocampo debido a la acción constante de los glucocorticoides (Diamond, Bennet, Fleshner y Rose, 1992) y, sobre todo, a la activación del  “acelerador” del organismo, el sistema simpático (Sapolsky, 2004). Una situación estresante duradera desconecta las redes neuronales, debilitándolas y menguando las conexiones interneuronales (McEwen, Flugge y Fuchs, 1996).  En cuanto a la memoria operativa, aquella que tiene que ver con el manejo inmediato de la información entrante y que la permite mantener activa temporalmente también se debilita.  Debido a sus recursos limitados, en contraposición con la memoria a largo plazo, la capacidad de procesamiento de información concurrente disminuye, por lo que el rendimiento cognitivo, en general, se resiente (Rapee, 1993).  Esto ocurriría debido al intenso consumo cognitivo que supone el afrontamiento de la situación de estrés y la influencia de la intensa activación de la amígdala sobre las regiones implicadas en la memoria operativa – córtex cingulado, el lóbulo frontal y el córtex orbital – (LeDoux, 1996),  lo que disminuiría los recursos necesarios para el procesamiento concurrente (Eysenck y Calvo, 1992).

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