Archive for the ‘Artículos de Investigación’ Category

LA FOBIA ESCOLAR

03/12/2009

En la infancia, las fobias se clasifican en trastornos fóbicos (fobias específicas y fobia escolar), trastornos de ansiedad sin evitación fóbica (ansiedad de separación y ansiedad excesiva) y otros trastornos de ansiedad (trastorno obsesivo-compulsivo y trastorno mixto de ansiedad y depresión).

La fobia escolar es el rechazo prolongado que un niño experimenta a acudir a la escuela por algún miedo relacionado con ella. Es poco común y tiende a darse con más frecuencia entre los 3 y 4 años, o entre los 11 y 12 años, y afecta a más niños que niñas. Su comienzo en los más pequeños es repentino, mientras que en mayores y adolescentes es más gradual, de carácter más intenso y grave y con peor pronóstico. La fobia a la escuela viene precedida o acompañada de síntomas físicos de ansiedad (taquicardia, trastdrnos de sueño, pérdida de apetito, palidez, nauseas, vómitos, dolor de cabeza) y de una anticipación de consecuencias negativas asociadas a la escuela, así como de una relación muy dependiente con la madre y de la proliferación de temores inespecíficos (oscuridad, ruidos). El resultado es la conducta de evitación. La fobia escolar está asociada a otros trastornos clínicos, como la depresión y una baja autoestima

Varios factores predisponen a la fobia en el niño.  Por ejemplo, los trastornos de ansiedad o depresión de los padres, algunos factores relacionados con la escolaridad (como el temor a un profesor o a uno o varios niños) o sucesos vitales negativos, como una enfermedad prolongada o la separaci.ón de los padres. La fobia escolar puede denotar la existencia de una fobia específica (temor a ser herido en los juegos del recreo), social (temor a ser ridiculizado), de un trastorno obsesivo-compulsivo (miedo a ser ensuciado) o de una ansiedad de separación. Lo más recomendable es el tratamiento del psicólogo, mediante terapia. Los niños con un temor irrazonable de asistir a la escuela pueden sentirse inseguros si se quedan solos en su habitación, demostrar un apegamiento excesivo a sus padres, una preocupación o temor acerca de sus padres o de que le puedan hacer daño, tener dificultad para dormirse, sufrir pesadillas, mostrar un temor exagerado a los animales, monstruos y ladrones, miedo a quedarse solos en la oscuridad, o manifestar rabietas cuando se les obliga a ir a la escuela. El miedo fundamental no es el de ir a la escuela, sino el de dejar el hogar y separarse de la familia. Cursa de forma leve, a menudo con dolor abdominal, cuando los niños van por primera vez a un día completo de clases. Con el apoyo de los padres, desaparecen en pocos días aunque pueden reaparecer durante los primeros años, después de vacaciones o de la convalecencia por enfermedades.

Anuncios

EL CORAZÓN Y LA AUTOESTIMA VAN DE LA MANO DE LA RESPIRACIÓN

28/07/2009

Un estudio del profesor Martens de la Universidad de Canterbury junto a Jeff Greenberg y John Allen de la Universidad de Arizona, ha demostrado la existencia de una conexión fisiológica entre la autoestima de una persona y el tono vagal de su corazón, responsable de “frenar” la actividad cardiovascular. En otras palabras, a mayor autoestima, mayor “tranquilidad” del corazón frente a situaciones difíciles. De la misma manera, lo contrario también se demuestra. Estos autores abren la posibilidad de que cambios en la autoestima de una persona produzcan cambios en su actividad cardiaca y viceversa.  Ambos, el tono vagal cardiaco y la autoestima serían mecanismos de defensa, el primero contra estímulos objetivos que amenazan físicamente (el ataque de otro congénere, por ejemplo) y el segundo frente a estímulos subjetivos que representan una amenaza psicológica (una entrevista de trabajo). Ambos presentarían relaciones evidentes con el sistema nervioso. Los investigadores llaman la atención sobre la importancia de la respiración como nexo entre autoestima y actividad vagal, ya que esta última se relaciona fuertemente con el patrón respiratorio. Esta investigación la podemos encontrar en Personality and Social Psychology Review, 2008, 12, 370.

MEMORIA Y ESTRES

20/07/2009

Básicamente, dos han sido las variables moderadoras estudiadas en la relación estrés – memoria: la duración de la situación de estrés y la intensidad de éste.

En general, los agentes estresantes suaves y moderados, y los de corta duración realzan la memoria, sobre todo el recuerdo relativo a los elementos emocionales – pero no los estímulos neutros – a través de la activación del sistema simpático.  Éste, directamente, activa el hipocampo, estructura involucrada en la memoria, e induce un estado de alerta que facilita la consolidación de recuerdos. Indirectamente, moviliza glucosa en el riego sanguíneo y aumenta la fuerza de la sangre hacia el cerebro con la finalidad de satisfacer las enormes necesidades energéticas del cerebro en situaciones de estrés (Cahill, Prins, Weber y McGaugh, 1994). Además, los aspectos relevantes y directamente asociados a los eventos estresantes se retienen mejor a lo largo del tiempo que los aspectos circundantes.  Por ejemplo, los aspectos específicos de un evento estresante, como armas, acciones de agresores, etc., son recordados mejor que aspectos circunstanciales como la hora o la fecha (Christianson,1992).

En relación a la intensidad del evento estresante, haremos referencia a un caso especial de respuesta de estrés: el estrés postraumático, entendido como la reacción patológica a eventos enormemente estresantes y traumáticos. Según el DSM IV, el estrés post traumático implica la aparición de síntomas intrusivos, conducta de evitación, la experiencia traumática revivida y síntomas de activación fisiológica.

Una de las características más llamativa del estrés postraumático es su influencia sobre el recuerdo del evento traumático que se manifiesta de una forma particular: existe un efecto de amnesia retrógrada, es decir, un efecto perjudicial de un suceso estresante sobre la información inmediatamente precedente cuando el suceso es intenso (Loftus y Burns, 1982); y de amnesia anterógrada, es decir, de deterioro del recuerdo de la información posterior al incidente crítico (Kramer, Buckhout, Fox, Widman y Tusche, 1991). En cambio, facilita el recuerdo de los elementos directamente relacionados con la propia información estresante (v.g. Cutler, Penrod y Martens, 1987).

En este sentido, los recuerdos autobiográficos de contenido emocional significativo no sólo se recuperan como conocimiento abstractos, sino también como recuerdos concretos que evocan percepciones sensoriales implicadas en el hecho recordado (Tulving, 2001). Cuando la situación es de alto contenido emocional, por ejemplo los sucesos traumáticos, el recuerdo del evento no se almacena hilvanado en sus componentes, sino como fragmentos aislados desgarrados del contexto.  Entonces, la plasticidad neuronal del hipocampo parece superada.  En estos casos, la memoria sólo almacena el recuerdo escénico, las emociones implicadas y las reacciones fisiológicas, pero no el contexto temporoespacial en el que tuvieron lugar. De esta manera, parece que cuando el evento estresante supera cierta capacidad del sujeto para procesar la información del entorno, la memoria se resiente y se desorganiza su almacenamiento (Ehlers y Clark, 2000).

En cuanto a la duración de la situación de estrés, el estrés prolongado altera la memoria, tanto la memoria a largo plazo como la memoria operativa.  En relación a la primera, el estrés altera la potenciación a largo plazo en el hipocampo debido a la acción constante de los glucocorticoides (Diamond, Bennet, Fleshner y Rose, 1992) y, sobre todo, a la activación del  “acelerador” del organismo, el sistema simpático (Sapolsky, 2004). Una situación estresante duradera desconecta las redes neuronales, debilitándolas y menguando las conexiones interneuronales (McEwen, Flugge y Fuchs, 1996).  En cuanto a la memoria operativa, aquella que tiene que ver con el manejo inmediato de la información entrante y que la permite mantener activa temporalmente también se debilita.  Debido a sus recursos limitados, en contraposición con la memoria a largo plazo, la capacidad de procesamiento de información concurrente disminuye, por lo que el rendimiento cognitivo, en general, se resiente (Rapee, 1993).  Esto ocurriría debido al intenso consumo cognitivo que supone el afrontamiento de la situación de estrés y la influencia de la intensa activación de la amígdala sobre las regiones implicadas en la memoria operativa – córtex cingulado, el lóbulo frontal y el córtex orbital – (LeDoux, 1996),  lo que disminuiría los recursos necesarios para el procesamiento concurrente (Eysenck y Calvo, 1992).